Durante años me he cruzado con la estatua de los Fueros para ir a trabajar, pero todo tiene un final (lo bueno y lo malo), así que, desde hace algunos meses un cambio de ubicación de mi oficina me ha hecho que, cada mañana, tenga que cambiar mis pasos y cruzar un espacio presidido por la otra gran matrona de Pamplona. Por la Mariblanca.

El caso es que, esta semana he tenido que cruzar varias veces por el Paseo Sarasate (tanto para trabajar como para visitar la Feria de la Edición de Navarra) y allí estaba ella, la estatua de los Fueros, magnífica, observándo todo desde lo alto. Y para los habitantes del Planeta Pamplona esa es una mirada que no se puede ignorar.

Porque la estatua de los Fueros es una auténtica joya y siempre que la miras encuentras cosas nuevas que merecen una buena historia pamplonauta. Mide 5 metros y medio, pesa 5.000 kilos y se construyó en 1903 por suscripción popular para simbolizar la defensa de los navarros a sus Fueros.

En la base, el pedestal, altísimo, con forma pentagonal y en cada una de sus caras tiene inscrita en bronce las libertades de Navarra. Tres en castellano y dos en euskera. Y, en las esquinas, las 5 alegorías: Historia, Justicia, Autonomía, Paz y Trabajo.

Pero lo más importante está en lo alto. La estatua, la estatua de los Fueros. La que protagoniza un capítulo de nuestro Planeta Pamplona y les habla a Siria, Saira y Pampilón desde lo alto, para contarles su historia.

Dicen que la modelo que inspiró esta estatua se llamaba Rosa Oteiza. Una pamplonesa bellísima, de 20 años, que nació en la calle San Antón. Su madre se quedó viuda pronto y se puso a trabajar de limpiadora en las escuelas de Compañía, porque necesitaba trabajar para dar de comer a sus hijos. Pero, siendo muy joven, Rosa inició una relación sentimental con el que poco después fue nombrado el escultor de la estatua de los Fueros. Y, a los pamplonautas no hay nada que nos guste más que una intensa historia de amor.

Pero esta no terminó bien. Porque José María Martínez de Ubago, el escultor, abandonó a Rosa y preparó su boda en Zaragoza con otra mujer. Pero Rosa Oteiza, como si se tratara de un culebrón, se presentó en la iglesia con los 3 hijos que había tenido con él y la boda se suspendió. Aun así él, que era un poco inconstante, se casó con su secretaria y tuvo 5 hijos; aunque ella, al parecer, Rosa, en cambio, nunca le pudo olvidar.

 

Tampoco Pamplona pudo olvidarle a ella, a Rosa, que todavía hoy en día sigue presidiendo el paseo Sarasate y nos mira a todos con cariño y actitud maternal desde lo alto.

Idoia Saralegui y Alberto Garayoa

Por Idoia Saralegui y Alberto Garayoa

Idoia, escritora, social y pamplonauta y Alberto, empeñado en proyectos de recuperación y aficionado al podcast y la fotografía. Juntos hemos unido aficiones pero sobre todo inquietudes y la mezcla es PLANETA PAMPLONA.

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