Hay una cosa que todo pamplonauta que se precie sabe: las vacaciones de verano tienen un punto álgido y es el 10 de agosto.

Puedes haberte ido a la playa, a la montaña, a un camping, a un hotel con pulsera de todo incluido o a la otra parte del mundo. Da igual. Llega el 10 de agosto y vuelves a pensar que las fiestas de Pamplona son las mejores del mundo.

Porque San Lorenzo se celebra cuando toca. El 10 de agosto, caiga como caiga, incluso si, como este año, cae en lunes, es obligatoria tratar de sacarle chispas al día más pamplonauta del año.

Y yo lo sé bien.

Mi padre iba todos los años al txupinazo de San Lorenzo. Todos. Y yo, he heredado de él muchas cosa, sobre todo su biblioteca de literatura pamplonesa y esas ganas de mantener las tradiciones de nuestra ciudad a rajatabla.

Así que, para mí, el verano no termina cuando deshago la maleta y acabo de hacer lavadoras, sino cuando vuelvo a la calle San Lorenzo deseando ver salir a los danzantes de San Lorenzo a bailar por las calles. Mis amigas un año se entusiasmaron tanto que se apuntaron en septiembre a ensayar con ellos.

Este año, además, hay razones de sobra para hacerlo. La fiesta comienza pronto, con las dianas de gaiteros y gaiteras a las ocho y media, y continúa durante todo el día con tortilla de patata, música, homenaje, cohete, danzas, kilikis, ingurutxo, vermut, juegos, relleno y vino. Por la noche llegará la cena autogestionada —cada cuál con su mesa, su silla, su comida, su pan y su vino— y, a las once y media, los bailables.

Pero todo eso, en realidad, es solo preparación.

Porque quienes conocemos San Lorenzo sabemos que hay que guardar fuerzas para las cuatro de la mañana.

A esa hora, cuando cualquier persona sensata llevaría varias horas durmiendo, cientos de personas nos reunimos para cantar la jotica a San Lorenzo.

Y entonces ocurre una de esas cosas que hacen que Pamplona sea Pamplona.

Desde la plaza de los ajos empieza a avanzar una multitud bailando y cantando una copla que, si alguien hubiera intentado escribirla para un concurso literario, probablemente habría sido descalificada por iconoclasta.

San Lorenzo en la parrilla,
les decía a los judíos:
«Dadme la vuelta, cabrones,
que tengo los huevos fríos».

No sabemos exactamente en qué momento una canción sobre un santo asado terminó convertida en semejante celebración colectiva. Y, sinceramente, quizá sea mejor no investigarlo demasiado.

Lo importante es que a las cuatro de la mañana todo el mundo sabe qué tiene que hacer.

Bailar.

Cantar.

Reírse.

Y seguir a la multitud calle abajo como si lleváramos toda la vida esperando ese momento.

Fiestas San Lorenzo Jaiak 2022 Pamplona/Iruña: JOTA DE SAN LORENZO. - YouTube

Y quizá sea eso lo que más me gusta de esta fiesta.

Que no necesita grandes escenarios ni fuegos artificiales. Es una fiesta pequeña. De calle. De barrio. De volver a encontrarse con los irreductibles. De brindar con quien llevas meses sin ver (o, tal vez, desde los sanfermines) y de acabar bailando al ritmo de Jarauta 69.

Una fiesta que empieza por la mañana y que, de alguna manera, consigue convencerte de que las cuatro de la madrugada son una hora perfectamente razonable para ponerse a cantar una jota sobre un santo en una parrilla. Porque eso, mis queridos pamplonautas, también es patrimonio inmaterial de Pamplona.

Así que ya sabéis: en esta ciudad, siempre hay una buena razón para brindar.

Nos vemos en San Lorenzo.

Y si llegamos a las cuatro de la mañana, nos vemos en la plaza de los ajos.

Idoia Saralegui San Sebastián

Por Idoia Saralegui San Sebastián

Quienes me conocen saben que pueden definirme como escritora, social y pamplonauta. Y en este proyecto puedo aglutinarlo todo. NUNCA CAMINARÁS SOLO...

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