Todos los años me pasa exactamente lo mismo.
Llega el 5 de julio y empiezo a ponerme nerviosa. No porque tenga que preparar nada (que también), sino porque aparece esa absurda pregunta que solo puede hacerse alguien que quiere muchísimo estas fiestas:
¿Y si este año ya no es igual?

¿Y si ya hemos vivido los mejores Sanfermines de nuestra vida?
¿Y si la magia se ha quedado en algún julio anterior?
Y entonces… llega el Chupinazo.
Y, una vez más, Pamplona me demuestra que estaba completamente equivocada, porque los Sanfermines siempre encuentran la manera de sorprenderte.

Da igual que apriete el calor de manera escandalosa, como ha ocurrido este año. Da igual que hayas perdido la cuenta de cuántos sanfermines has vivido. Da igual que creas saber exactamente cómo van a ser los próximos nueve días. Siempre aparece una conversación inesperada, una canción que no pensabas bailar, un reencuentro, una carcajada o una emoción que no estaba en el programa oficial.
Este año ha sido un poco de todo eso.

Ha sido las magras con tomates y los huevos fritos del chupinazo en la mejor compañía. Los amigos. La familia, siempre mi activa y divertida familia. La mojitada. Los sorbetes que saben a verano.

Los escritores-amigos con los que una arregla el mundo entre vermús y cafés. La música que parece sonar en cada esquina. El Baile de la Era que ya es una tradición y pone el colofón a un día de amigos queridos. La Vikingada: cuántas ganas tenía de conocer por fin la vikingada.

La final de pelota, que ya es una tradición pero, este año el partido fue… increíble. El más emocionante que he visto en mi vida, y mira que veía partidos de pelota con mi padre…

Los acompañamientos de San Fermín. El encierro visto desde el balcón de Jose Antonio, con gente tan maja, chocolate, churros de la Mañueta e incluso lectura de relatos. Las interminables tertulias. Las dianas (solo un día, que no soy muy de madrugar si no es obligación laboral). La Junta de Protección Civil, que me encantó y me hizo ver que, para que muchos disfrutáramos del caos, tiene que haber detrás una máquina muy muy bien engrasada.

Los paseos sin rumbo. La tertulia en Navarra TV. Las charangas. El cariño que da vida. Y esa extraña capacidad que tiene Pamplona para hacer que, durante unos días, el tiempo funcione de otra manera y que, a la vez, todo encaje casi mejor que nunca.

También ha sido un año de aniversarios. De mirar hacia atrás para comprender por qué una pequeña ciudad del norte consiguió hace un siglo despertar la curiosidad de medio mundo. Quizá porque aquí nunca hemos sabido separar la fiesta de la literatura, ni la emoción de la memoria. Hay lugares que se visitan. Pamplona, en julio, se vive.
Y esa es, probablemente, la razón por la que siempre cuesta tanto despedirse.
Hoy sí toca cantar el Pobre de mí. No porque se hayan acabado los Sanfermines —eso nunca termina del todo—, sino porque ha tocado volver al trabajo, recuperar horarios y convencer al despertador de que vuelva a formar parte de nuestra vida.

Aunque, si os soy sincera, tampoco me da demasiada pena.
Porque a la vuelta de la esquina me espera uno de esos viajes con los que llevo soñando muchísimo tiempo. De los que empiezan mucho antes de subir al avión y continúan durante años, cada vez que vuelves a recordarlos.
Ya os lo iré contando.
Pero antes quería daros las gracias.
Gracias por seguir recorriendo este pequeño rincón de internet con nosotros. Por leer, comentar, compartir historias y demostrar, una vez más, que hay una forma muy bonita de querer una ciudad: mirarla con curiosidad.

Nosotros seguiremos haciéndolo.
Porque, después de estos Sanfermines, tengo aún más claro que nunca que, al final, eso es ser pamplonauta: pasar el año esperando julio… y pasar julio guardando recuerdos para que nos duren hasta el siguiente.
¡YA FALTA MENOS!

