Hay veces que una empieza a escribir sobre una cosa… y acaba entusiasmándose con otra completamente diferente.
Eso me ha pasado estos días mientras preparaba un relato ambientado en la Pamplona del siglo XIX. Buscando información sobre nuestra ciudad en el siglo XIX hubo dos temas no dejaban de cruzarse en mi camino: la música y la fotografía. En PLANETA PAMPLONA hemos dedicado varias entradas a la música porque la nuestra es una ciudad inmensamente musical. Pero es que, de pronto, empecé a encontrar referencias a antiguos fotógrafos de Pamplona y la curiosidad pudo conmigo. Ya sabéis que me emociono con facilidad cuándo una pequeña investigación empieza a abrir puertas inesperadas. Así que un nombre llevaba a otro, un estudio fotográfico a otro archivo, una fotografía a una historia… y, sin darme cuenta, terminé haciendo un pequeño viaje a la Pamplona del siglo XIX a través de la historia de la fotografía.

Porque resulta que nuestros antepasados también tenían esa irresistible necesidad de inmortalizar esta ciudad igual que nos pasa a nosotros.
Mucho antes de los móviles, de Instagram o de los carretes de veinticuatro fotos que había que aprovechar bien, ya había pamplonautas empeñados en detener el tiempo.
Los primeros estudios fotográficos estables llegaron a Pamplona en la década de 1860. Uno de ellos, el de Leandro Desages y Domingo Dublán, abrió junto a la huerta de Santo Domingo, muy cerca de donde hoy se encuentra el Departamento de Educación. Poco después aparecería otro gran estudio en la Plaza del Castillo, regentado por Anselmo Coyné y Valentín Marín. Entre ambos retrataron durante décadas a buena parte de la sociedad pamplonesa: familias, comerciantes, militares, políticos, niños disfrazados, parejas recién casadas e incluso algún difunto, porque la fotografía también servía para conservar el último recuerdo de quienes ya no volverían a posar.

Aquellas fotografías eran mucho más que un retrato.
Eran una declaración de intenciones.
La gente quería verse respetable. Elegante. Quería dejar constancia de que había pasado por este planeta. Y, de repente me quedó claro que, después de todo, no hemos cambiado para tanto… Seguimos haciendo exactamente lo mismo que entonces, solo que ahora tenemos las redes sociales para exponer nuestros tesoros visuales.
Nos hacemos una foto delante del Ayuntamiento el 6 de julio. Otra en la Plaza del Castillo cuando florecen los tulipanes. Otra junto a la Ciudadela al atardecer. Otra desde las murallas. Otra en San Fermín, otra en otoño, otra cuando nieva, otra porque sí. Porque los pamplonautas tenemos una extraña obsesión por fotografiar Pamplona.

Y menos mal.
Porque gracias a esa manía podemos viajar en el tiempo. Podemos descubrir cómo era una calle hace cien años, reconocer el gesto de un bisabuelo al que nunca conocimos o comprobar que hay rincones que apenas han cambiado y otros que parecen pertenecer a ciudades distintas.
Cada fotografía es una pequeña máquina del tiempo.
Una conversación entre quien pulsó el disparador y quien la observa muchos años después.
Quizá por eso me gustan tanto los álbumes familiares. Porque, mientras los libros nos hablan de guerras, reyes o acontecimientos importantes, las fotografías nos hablan de cumpleaños, paseos por la Taconera, domingos de estreno o niños que intentaban no moverse durante varios segundos para que la imagen no saliera borrosa.
Al final, eso también es memoria.

Y quizá esa sea una de las mejores definiciones de la fotografía: un intento de convencer al tiempo de que espere un momento más.
Aunque solo sea el tiempo suficiente para sonreír.
La verdad es que todavía no sé en qué acabará toda esta investigación. Lo que empezó siendo la documentación para un relato me ha abierto una puerta fascinante a la historia de la fotografía en Pamplona. Y tengo la sensación de que solo he levantado la primera piedra.
Hace mucho tiempo que en PLANETA PAMPLONA hablamos de organizar una visita al Archivo de Navarra para perdernos entre fotografías antiguas, descubrir rincones desaparecidos y poner nombre a quienes, hace más de siglo y medio, empezaron a retratar nuestra ciudad.

Quién sabe. Igual dentro de ciento cincuenta años alguien encuentra una fotografía nuestra y descubre que los pamplonautas del siglo XXI tampoco podíamos evitar sacar otra foto más de nuestra ciudad.
