Para una mujer no era fácil pasar a la historia. Y esa es una de las razones por las que en PLANETA PAMPLONA tratamos de reivindicar a todas aquellas mujeres extraordinarias que formaron parte de nuestro mundo y a veces no se las supo ver. Porque, aun así, hay mujeres que han pasado a la historia con nombre y apellido: ahí tenemos a Sancha Ramírez, a Onneca Fortunez, a Remigia Echarren, Maria Ana Sanz y tantas otras de las que hemos hablado o hablaremos, en este apartado de las Hijas de Iruña. Pero, también hay otras mujeres que pasan a la historia porque gracias a la fuerza de su unión consiguen cambiarla. En muchas ocasiones se trata de mujeres anónimas de las que no se conservan sus nombres y, sin embargo, gracias a ellas se consiguieron muchos avances.

Este es el caso de las lavanderas del Arga y, por eso, aquí queremos hacerles nuestro particular homenaje. Ellas formaron parte del paisaje de Pamplona. Allí, junto al agua, cientos de mujeres se ganaron la vida lavando la ropa de otras familias. En invierno y en verano, con las manos castigadas por el frío, el jabón y las largas jornadas, se arrodillaban junto al río para hacer un trabajo imprescindible y poco reconocido.

Pero el Arga no solo se llevaba la suciedad de las sábanas. También recogía conversaciones, confidencias, canciones, discusiones y carcajadas.

Las lavanderas hablaban alto, respondían a los albañiles que trabajaban cerca y no siempre se mordían la lengua. Tanto ruido y tanta réplica acabaron dando lugar a una expresión popular: el eco de la Rochapea. Algunos se reían de su manera de hablar; ellas, mientras tanto, seguían a lo suyo. Y si alguien esperaba encontrarlas calladitas, probablemente había elegido mal la orilla.

Porque aquel bullicio escondía algo más importante: el río era uno de los pocos espacios donde las mujeres podían encontrarse, compartir sus problemas y descubrir que muchas de sus dificultades eran también las de las demás.

Mujeres con nombre propio

Solo queda el recuerdo de unas pocas de aquellas mujeres. Por ejemplo, de Leona Pérez, propietaria del lavadero de la Tejería, junto al molino de Caparroso. Sabemos de ella a través del testimonio de Josefina Guerendiáin, hija de una lavandera que trabajó allí. Su historia nos acerca a una realidad en la que convivían las dueñas de los lavaderos y las trabajadoras que realizaban el esfuerzo cotidiano de lavar y planchar.

Y hubo también otras mujeres que llevaron esa experiencia compartida más allá de la orilla. Estefanía Latasa, por ejemplo, participó en las protestas contra la privatización de un lavadero y llegó a presidir la sección de lavanderas del Sindicato de Obreras de la Virgen del Camino. Su nombre nos recuerda que aquellas mujeres no se limitaron a soportar unas condiciones difíciles: también se organizaron para defender sus intereses.

En 1906, más de un centenar de lavanderas se opusieron a la instalación de un lavadero privado en la Rochapea, temiendo que amenazara su acceso al espacio donde trabajaban. No todas tenían las mismas circunstancias ni los mismos intereses, pero sabían que había cosas que merecía la pena defender juntas.

Lavar la ropa, defender sus derechos

También necesitaban algo tan elemental como un lugar donde dejar a sus hijos mientras ellas trabajaban. En 1886 abrió el Asilo del Niño Jesús, destinado a atender a las criaturas de las lavanderas durante la jornada laboral. Fue una iniciativa impulsada por el médico Nicasio Landa y otras personas comprometidas con aquella necesidad y también fue la primera guardería que se abrió en Pamplona.

No podemos atribuirles a ellas solas todos los logros que fueron mejorando su vida, pero sí debemos recordar que detrás de aquellas iniciativas había una realidad que no podía seguir ignorándose: las mujeres necesitaban trabajar y sus hijos necesitaban cuidados. Y ellas los reivindicaron con la fuerza que les daba su unión.

Con la llegada del agua corriente a las casas, el oficio fue desapareciendo. Se perdió una forma de ganarse la vida y también aquel espacio de encuentro donde se compartían noticias, se ofrecía ayuda y se aprendía a no afrontar los problemas en soledad.

Hoy, junto al Arga, quizá ya no escuchemos sus voces. Pero desde PLANETA PAMPLONA queremos recuperar su eco. Porque entre ropa tendida, canciones y reivindicaciones, las lavanderas fueron construyendo una historia colectiva. Y a pesar de no conocer el nombre de muchas de ellas, queríamos bautizarlas como las auténticas Hijas de Iruña que son. Mujeres extraordinarias que cambiaron la historia y consiguieron muchas mejoras que, con el tiempo, se fueron extendiendo al conjunto de mujeres de nuestra ciudad.

Porque las hijas de Iruña no fueron únicamente reinas, artistas o mujeres cuyos nombres quedaron escritos en documentos. También lo son aquellas que madrugan, trabajan hasta dejarse la piel y encuentran tiempo para hablar, cantar y defenderse unas a otras.

Y las lavanderas del Arga nos dejaron una lección que todavía hoy sigue viva: cuando las mujeres unen sus voces, hasta el río termina haciéndose eco de ellas.

Idoia Saralegui San Sebastián

Por Idoia Saralegui San Sebastián

Quienes me conocen saben que pueden definirme como escritora, social y pamplonauta. Y en este proyecto puedo aglutinarlo todo. NUNCA CAMINARÁS SOLO...

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