Una princesa vascona, una corte lejana y una melena pelirroja que, ocho siglos después, todavía queremos imaginar.
Hay mujeres que heredan un reino. Otras que se convierten en reinas. Y luego están aquellas cuya vida parece un puente tendido entre dos mundos que a veces imaginamos separados por una frontera infranqueable.
Onneca Fortúnez fue una de ellas.
Vamos a imaginárnosla con una melena cobriza, abundante, casi encendida bajo el sol. No porque podamos asegurar que tuviera el pelo rojo —la historia no nos ha dejado un retrato suyo ni ese detalle está demostrado—, sino porque a veces una imagen nos ayuda a poner rostro a una mujer a la que los siglos se empeñaron en dejar entre sombras y algunos de los datos que quedan de aquellos tiempos invitan a pensar que Onneca, la perla era así.
Estamos en el siglo IX, en los territorios de Pamplona, mucho antes de que Navarra tuviera las fronteras que hoy conocemos. El reino todavía estaba tomando forma y las grandes familias se jugaban su poder entre alianzas, parentescos y conflictos. Onneca era hija de Fortún Garcés, uno de los primeros reyes de Pamplona, descendiente de aquella dinastía que la tradición vincula con Íñigo Arista.

Su vida, según la reconstrucción histórica más extendida, dio un giro extraordinario hacia el año 860. Una campaña militar de los emires de Córdoba apresó a su padre y, según esta versión, Onneca fue llevada también a la capital andalusí para acompañarle. Tal vez fue una casualidad, pero en PLANETA PAMPLONA queremos creer que fue porque ella era la más leal y fiera de toda la descendencia de Fortún Garcés.
Intentemos imaginar el viaje: dejar atrás las montañas, los paisajes familiares y una corte pequeña como era la de Pamplona para llegar a Córdoba, una ciudad de enorme importancia política y cultural, gobernada entonces por los emires omeyas. No sabemos qué sintió Onneca al llegar. Tampoco conocemos sus pensamientos ni cuánto pudo decidir sobre su propio destino. Sería tentador convertirla en protagonista de una aventura romántica, pero la realidad de una princesa desplazada en medio de un conflicto pudo ser bastante más compleja.
La tradición genealógica sostiene que allí se casó con Abd Allah, hijo del emir Muhammad I. De esa unión habría nacido Muhammad, padre del futuro Abderramán III, quien en el año 929 se proclamó califa de Córdoba.
Es decir, una mujer de la familia reinante de Pamplona quedó vinculada por descendencia a uno de los gobernantes más importantes de al-Ándalus. Pero Onneca no fue solamente la antepasada de un califa. Porque su historia, no terminó en Córdoba.

De vuelta a Pamplona
Onneca habría regresado varios años después a nuestra ciudad. Entonces, contrajo matrimonio con Aznar Sánchez de Larraún, un aristócrata emparentado con su familia. De esa unión nació Toda Aznárez, que se convertiría en reina de Pamplona al casarse con Sancho Garcés I.
La escena resulta fascinante: en el árbol familiar de Onneca se cruzaban las élites de Pamplona y la dinastía omeya de Córdoba. Y los lazos de parentesco podían convertirse en instrumentos políticos en una época marcada por las guerras, pero también por las negociaciones y los acuerdos.
Décadas después, esos vínculos familiares tendrían un valor muy concreto. En el año 934, su hija Toda, ya reina de Pamplona, invocó los lazos de parentesco con Abderramán III en el contexto de una campaña militar del califa contra el reino pamplonés. La familia, en aquella época, podía ser mucho más que una cuestión privada: podía abrir una puerta a la negociación cuando los ejércitos estaban cerca. Y una mujer fue la llave para unir estos dos mundos y poder llegar a acuerdos.
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Una hija de Iruña, incluso cuando la historia la lleva lejos
¿Fue Onneca reina? No tenemos motivos para presentarla como reina reinante. Fue una princesa, madre de una reina (Toda) y abuela de un califa (Abderramán III). Es decir, fue una mujer que enlazó dos dinastías mediante sus matrimonios y descendencia.
Y ahí está lo extraordinario: en PLANETA PAMPLONA nos gusta imaginar aquella melena pelirroja atravesando los paisajes de una península que no era todavía la que conocemos ahora. Una mujer que pudo conocer dos cortes, dos ambientes culturales y dos maneras de ejercer el poder. No sabemos si se sintió extranjera en Córdoba, si añoró Pamplona o si encontró un lugar propio en alguno de aquellos mundos. No podemos poner palabras en su boca. Pero sí podemos reconocer que su historia nos obliga a mirar el pasado con más matices.
Porque las fronteras separaban territorios, sí, pero las familias las cruzaban. Las guerras enfrentaban a gobernantes, pero los parentescos podían acercarlos. Y las mujeres, las Hijas de Iruña, tantas veces ausentes de los relatos centrados en reyes y batallas, también estuvieron en el corazón de esas conexiones.
Así que hoy, para PLANETA PAMPLONA, le devolvemos a Onneca un lugar entre las hijas de Iruña. No tenemos la seguridad sobre el color de su pelo, pero si que sabemos la importancia de recordar su nombre.
Porque hay mujeres que no necesitan llevar una corona para cambiar la historia. A veces basta con mirar el mapa de otra manera y descubrir que, entre Pamplona y Córdoba, también hubo una mujer llamada Onneca que supo unir dos mundos en el siglo IX.

