Hay mujeres que aparecen en los libros de historia. Y hay otras que, además de en los libros, aparecen en un lugar mucho más importante: en la vida de las personas que han venido después.

Este es, sin duda, el caso de María Ana Sanz.

María Ana Sanz nació en Irañeta en 1868, en una familia fuertemente vinculada a la educación. Su madre, Mercedes Huarte, dirigía las aulas de niñas del Colegio Huarte Hermanos y su padre, Mariano Sanz, era artista, profesor y director de la Escuela Municipal de Dibujo de Pamplona.

Vamos… que no creo que a ninguno de ellos les sorprendiera que María Ana estudiara Magisterio en navarra y, después, quisiera completar sus estudios en Madrid donde entró en contacto con las nuevas corrientes pedagógicas que estaban transformando la educación de finales del siglo XIX.

En 1901 obtuvo por oposición una plaza como profesora de la Escuela Normal de Maestras de Navarra y en 1906 se convirtió en su directora.. A propósito: un inciso: la Escuela Normal de maestras de Navarra fue la primera que se fundó en el estado. Es decir, somos los pioneros y eso es algo que deberíamos poner en valor.

 

Una maestra que quería cambiar la Escuela:

María Ana Sanz no se limitó a enseñar a futuras maestras. Lo más importante que hizo fue enseñarlas a enseñar de otra manera.

Durante su dirección, la Escuela Normal se convirtió en uno de los grandes focos educativos y culturales de la Pamplona de su tiempo. Se incorporaron nuevas materias y métodos pedagógicos y llegaron hasta Navarra ideas renovadoras vinculadas a la Escuela Nueva y a Montessori.

También impulsó conferencias, actividades culturales, fiestas del libro y otros encuentros que convertían la escuela en algo más que un lugar donde aprender de memoria una lección.

Porque María Ana parecía tener bastante claro que educar no era llenar cabezas, sino abrirlas al mundo. Y especialmente las mentes de las mujeres.

Educar también era cuidar:

Y es que, su idea de la educación iba todavía más lejos. Sabía que no todos los niños llegaban a la escuela en las mismas condiciones y, por eso, participó en iniciativas como las puesta en marcha de las cantinas (la primera la organizó en 1908 en las Escuelas de San Francisco), las colonias y los roperos escolares.

Porque, para María Ana, cuidar y educar formaban parte de la misma tarea. Así que la escuela debía enseñar, sí. Pero también debía ofrecer oportunidades a quienes partían con menos.

Y las mujeres, ¿qué?

Como buena hija de Iruña, esta pregunta atraviesa buena parte de su trayectoria.

A comienzos del siglo XX, las posibilidades educativas y profesionales de las mujeres eran mucho más limitadas que las de los hombres. Y María Ana Sanz entendió que formar a las mujeres era también darles herramientas para decidir sobre su propio futuro. Por eso, participó en congresos pedagógicos y habló públicamente sobre la enseñanza de la mujer y sus especializaciones. Defendió una educación femenina que no se limitara a preparar a las jóvenes para ser esposas y madres, sino que les permitiera desarrollar capacidades, acceder a profesiones y tener una mayor autonomía.

Y esa es la idea más pamplonauta que puede existir: la importancia de construir una cadena de futuro donde los saberes de las anteriores nutren a la siguiente generación y le enseña a entender el mundo.

Porque María Ana Sanz enseñó y también dio ejemplo. Fue también una mujer con presencia en la vida cultural y social de la Pamplona de su tiempo. No se quedó encerrada en su aula. Participó en congresos, pronunció conferencias y defendió públicamente sus ideas sobre educación en un momento de grandes cambios en la pedagogía española y europea. Y ella quiso que Pamplona estuviera también en esa conversación.

Y lo hizo enseñándonos que la conciliación, esa palabra que nos parece tan moderna, era posible también a comienzos del siglo XX. Porque María Ana fue madre de diez hijas e hijos.

En 1931, al unificar la Escuela Normal de Maestras y la de Maestros, se eligió a un hombre para ocupar la dirección y se cesó a Maria Ana. En 1934 la nombraron vicedirectora del centro. Y en 1936 falleció.

Después, durante muchos años y como les ha ocurrido a tantas mujeres que hicieron cosas extraordinarias en Pamplona su nombre fue quedando, poco a poco en un segundo plazo, hasta que se rescató para ponerle nombre al Centro Integrado María Ana Sanz. Quizá no exista mejor homenaje para una maestra.

Porque María Ana dedicó su vida a formar a quienes enseñarían a los demás. Y más de un siglo después, su nombre sigue estando en la puerta de una escuela. También por eso, en las Hijas de Iruña queríamos recuperar su historia. Las de una mujer que hizo Pamplona sin necesidad de ocupar un trono, mandar un ejército o aparecer en los grandes retratos. Simplemente, enseñando a pensar.

Porque hacer historia no siempre significa conquistar territorios. A veces significa abrir una escuela. Formar a una maestra. Dar de comer a un niño antes de clase. O conseguir que una niña pueda imaginar para sí misma un futuro que antes parecía imposible. María Ana Sanz en la Pamplona a caballo entre el siglo XIX y el XX, lo hizo hizo. Y también por eso es una de las más insignes Hijas de Iruña.

Idoia Saralegui San Sebastián

Por Idoia Saralegui San Sebastián

Quienes me conocen saben que pueden definirme como escritora, social y pamplonauta. Y en este proyecto puedo aglutinarlo todo. NUNCA CAMINARÁS SOLO...

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