Si de una de las hijas de Iruña somos fans en PLANETA PAMPLONA es, sin duda, de Remigia Echarren. Ella ya era parte fundamental en la historia de El secuestro de San Fermín y, ahora, en la próxima historia, sin duda lo va a volver a hacer. Porque, hay mujeres que nacen para seguir el camino que les han marcado. Y hay otras, en cambio, que por algún motivo que quizá nunca lleguemos a conocer del todo, deciden subirse a una cuerda suspendida sobre el vacío y demostrar que hay muchas maneras de caminar por el mundo.

Remigia Echarren fue una de ellas.

Nació en Pamplona, en el barrio de la Navarrería, el 11 de abril de 1853. Su nombre quizá no diga hoy demasiado a quienes pasan deprisa por nuestras calles, pero durante años fue una mujer capaz de reunir a miles de personas para contemplar algo que parecía imposible: verla caminar por una maroma, a varios metros del suelo, con una serenidad que debía de poner los nervios de punta a cualquiera que estuviera mirando desde abajo.

La conocemos como la Reina del Arga, un precioso título nobiliario, sin duda. Pero ella se presentaba ante el mundo como Mademoiselle Agostini. Y entre esos nombres cabe una vida entera: la de una mujer que convirtió el riesgo en oficio y la audacia en una forma de estar en el mundo.

Una mujer extraordinaria en una ciudad muy de su tiempo

Estamos en la Pamplona de la segunda mitad del siglo XIX. Una ciudad de calles estrechas, tradiciones arraigadas y papeles bastante definidos para hombres y mujeres. Para ellas, las posibilidades de independencia eran limitadas, y ganarse la vida con un oficio tan visible, itinerante y arriesgado como el de funambulista no era, precisamente, el camino que la sociedad esperaba que fuera a recorrer una de aquellas pamplonesas.

Pero Remigia no eligió ocupar un lugar discreto.

Su primera actuación documentada en Pamplona tuvo lugar durante los Sanfermines de 1882. La Echarren cruzó la plaza de toros por el tejado, de un extremo a otro, sobre una maroma. Entre quienes presenciaron aquel espectáculo se encontraba el joven Pío Baroja, que vivía entonces en la ciudad. (a propósito: de su hermana Carmen os hablaremos pronto, muy pronto, porque es nuestra última incorporación a las hijas de Iruña).

Un año después llegó la hazaña que convertiría a Remigia en leyenda.

En 1883, durante las fiestas de San Fermín, tendió su cuerda sobre el río Arga, a diez metros de altura. La gente acudió por miles para verla. Según las crónicas de la época, se colocó unos canastillos en los pies para avanzar sobre la maroma y cruzó el río con una serenidad asombrosa. En otra parte del espectáculo llegó a hacerlo incluso con los ojos vendados.

Pensemos por un momento en aquella escena: las orillas llenas de público, el murmullo que se transforma en silencio, una mujer suspendida sobre el río y toda una ciudad conteniendo la respiración. No había redes sociales ni retransmisiones en directo. Para que Pamplona hablara de ti, tenías que conseguir que la gente no pudiera dejar de mirarte. Y Remigia, sin duda, lo consiguió.

Fue entonces cuando Ignacio Baleztena, bajo el seudónimo de Premin de Iruña, la llamó la Reina del Arga.

El Ayuntamiento le pagó 500 pesetas por aquella actuación. No estaba nada mal para una mujer que había decidido convertir su habilidad en una profesión en la última mitad del siglo XIX. Aunque hay que reconocer que a esta hija de Iruña la fama nunca le garantizó una vida acomodada.

 

Mademoiselle Agostini: porque una Hija de Iruña también puede elegir quién quieres ser

Hay un detalle que en PLANETA PAMPLONA nos encanta de Remigia Echarren y es que ella misma también se puso un nombre artístico: Mademoiselle Agostini. Un nombre que suena a escenario, a misterio, a luces y a una artista que sabe que parte del espectáculo empieza antes de poner un pie sobre la cuerda. No sabemos qué la llevó a escoger ese nombre ni cuánto había de estrategia, de fantasía o de deseo de reinventarse. Pero sí sabemos que aquel fue el nombre que ella eligió para presentarse ante el mundo y crear su identidad pública.

Porque Remigia no era únicamente una mujer que caminaba por las alturas. Era una artista que construía su propia presencia, que viajaba para actuar y que llevaba su trabajo más allá de las murallas de Pamplona: al Pisuerga, a la ría de Bilbao, etc…

Y aquí aparece una de las razones por las que Remigia es una de nuestras Hijas de Iruña preferida: ocupó un espacio que no estaba pensado para ella y lo hizo con su propio oficio y sus propias reglas. En una época en la que la autonomía femenina tenía innumerables barreras, ella se ganó la vida con una profesión extraordinaria, expuesta al juicio del público y también al riesgo físico.

La cuerda también se rompe

Pero esta historia no termina con aplausos.

En 1892, mientras trabajaba en Ondárroa, Remigia sufrió un grave accidente al caer desde unos quince metros durante un ejercicio sobre una silla. Las lesiones fueron tan importantes que la alejaron de su carrera profesional. Aunque volvió a intentarlo en Pamplona en 1904, ya nunca se recuperó. Y aquí es donde la historia deja de ser solamente fascinante para volverse dolorosa y también digna de recordar:  La mujer que había congregado multitudes y recibido el reconocimiento de su ciudad acabó sus días vendiendo lotería y murió en Pamplona el 9 de enero de 1921 en una situación de gran pobreza.

No sabemos cuánto pesaron la lesión, la falta de recursos, las circunstancias familiares o las dificultades propias de su oficio en aquel desenlace. Seguramente, sería un poco injusto inventar respuestas ahora; pero lo cierto es que queremos recordar a Remigia como esa mujer de contrastes, con instantes gloriosos y también tratando de seguir adelante a pesar de que se hubiese roto la cuerda.

Porque recuperar a las mujeres extraordinarias de nuestra historia, a las Hijas de Iruña, no consiste en ponerles una corona y dejarla bien colocada en una vitrina. Consiste en devolverles su humanidad y recordar quienes fueron, con sus luces y también con sus sombras.

Porque ser una Hija de Iruña no significa ser perfecta, ni invencible, ni tener siempre un final feliz. Significa haber formado parte de esta ciudad y haber dejado en ella una huella que merece ser contada.

Las Hijas de Iruña también caminan por la cuerda

En PLANETA PAMPLONA nos gusta pensar que las Hijas de Iruña son muchas cosas distintas. Mujeres que enseñaron, que cuidaron, que crearon, que gobernaron, que cantaron o que abrieron caminos que otras pudieron recorrer después.

Remigia fue una de esas mujeres. Singular, valiente, trabajadora y, por lo que podemos reconstruir, capaz de vivir de una manera que no encajaba en los moldes de su tiempo. Pero también una mujer vulnerable. Su historia no es una postal de libertad sin consecuencias: es la historia de una mujer que se atrevió a vivir de su talento y que conoció tanto el reconocimiento como el abandono.

Hoy podemos volver a mirar hacia el Arga e imaginar aquella maroma tendida sobre el agua. Podemos pensar en su público, en el silencio, en el vértigo y en una pamplonesa avanzando a diez metros de altura mientras la ciudad entera clavaba sus ojos en ella.

Idoia Saralegui San Sebastián

Por Idoia Saralegui San Sebastián

Quienes me conocen saben que pueden definirme como escritora, social y pamplonauta. Y en este proyecto puedo aglutinarlo todo. NUNCA CAMINARÁS SOLO...

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