Si para ser hija de Iruña hiciera falta nacer en Pamplona, tendríamos que revisar las normas de admisión. Y si, además, hubiera que vivir aquí toda la vida, algunas de nuestras mujeres más extraordinarias se quedarían fuera. Así que en PLANETA PAMPLONA hemos decidido que las Hijas de Iruña nacen donde quieren, pueden vivir en Pamplona toda la vida o estar solo de paso, remover el avispero y dejar la ciudad un poco diferente a lo que la encontraron. Ellas también merecen formar parte de nuestra historia.

Ese es el caso de Josephine Baker…

 

Una mujer bajo los focos

Josephine Baker había nacido el 3 de junio de 1906 en Misuri. Con solo 23 años ya  había encontrado en Paris el lugar desde el que conquistar los escenarios de todo el mundo y era una estrella internacional famosa por su baile, su energía y su personalidad.

El 8 de abril de 1930 llegó a Pamplona, una ciudad que no estaba preparada para recibirla para actuar sobre el escenario del gran Teatro Coliseo Olimpia. Era la Semana de la Pasión y varias asociaciones católicas protestaron por la programación de semejante espectáculo. También la prensa local se unió a estas quejas: hubo periódicos que se negaron a anunciarlo, otros si lo hicieron. Y, algún medio dedicó sus espacios a debatir sobre si aquella artista decía actuar o no en nuestra ciudad.

A mí todo esto me recuerda a una anécdota que cuenta siempre mi madre a carcajadas. Según parece, los Pop-Tops actuaron en Larraina en los sanfermines de 1969 y, al aparecer semidesnudos, los pamploneses más puritanos asaltaron el escenario y les sacaron a guantazos. Uno de ellos incluso se tuvo que esconder en una alfombra enrollada para que aquellos energúmenos no le dieran una paliza.

—Y lo más gracioso de todo era escuchar a todos esos brutos —suele recordar mi madre —, tomándose la justicia por su mano al grito de “¡En Pamplona, no!”

Pues en 1930 a la llamada Venus de Ébano le ocurrió algo parecido. La acusaron de inmoral. Se organizaron actos religiosos de desagravio. Como si una mujer vestida con una faldita hecha de plátanos pudiera herir la sensibilidad de tanta gente. Aunque, en realidad, mientras que unos pedían que nadie acudiera al teatro, el espectáculo despertaba una curiosidad difícil de apagar. Así que fue un éxito. Y, como no todo Pamplona pensaba igual (siempre hemos sido una ciudad diversa y de contrastes), otra parte aplaudieron a Josephine y parte de la prensa reconoció la singularidad de su arte.

Y en PLANETA PAMPLONA nos gusta detenernos un momento aquí. Esta es una de las razones por las que Josephina será uno de los personajes de nuestro próximo libro y la hemos nombrado Hija de Iruña: porque Joséphine no necesitó pronunciar un discurso sobre la libertad para ponerla en escena. Le bastó aparecer, bailar y ocupar un espacio. No sabemos qué pensó al encontrarse con aquella controversia pamplonesa. No vamos a inventarle una respuesta ingeniosa ni una sonrisa desafiante, aunque nos gustaría. Lo que sí sabemos es que actuó, que la ciudad discutió sobre ella y que su paso quedó registrado para siempre en la memoria de Pamplona.

 

La estrella que no quiso quedarse solo en estrella

Porque la vida de Joséphine recorrió un camino extraordinario. En París se convirtió en una de las grandes figuras del espectáculo, asociada al jazz, al cabaré y a una modernidad que fascinaba y desconcertaba a partes iguales. Su imagen escénica fue poderosa, pero también estuvo atravesada por las miradas racistas y los estereotipos que acompañaban a las artistas negras. Y podría haber sido recordada únicamente por sus espectáculos. Por los focos, los aplausos, los vestidos… Pero Joséphine tenía más vidas de las que cabían en un cartel de teatro.

Durante la Segunda Guerra Mundial se comprometió con la Francia Libre y colaboró con la Resistencia. Su fama le permitía moverse por ambientes en los que podía obtener información de utilidad para quienes luchaban contra la ocupación nazi. Aprovechó viajes y contactos para transmitir datos, incluso ocultando información en sus partituras. Más adelante recibió reconocimientos militares franceses por su compromiso.

Después de la guerra, también alzó la voz contra la segregación racial. No aceptó que el público pudiera aplaudirla sobre un escenario y que, al bajar el telón, ciertos hoteles, restaurantes o espacios le cerraran las puertas por el color de su piel. Sabía lo que significaba ser admirada y, al mismo tiempo, no ser tratada como una igual. Y no estaba dispuesta a fingir que ambas cosas podían convivir sin contradicción.

Con su marido Jo Bouillon, adoptó doce niños de distintos países y orígenes. Los crió en el castillo de Les Milandes, en Francia, y llamó a aquella familia la tribu del arcoíris. Su sueño era demostrar que personas de culturas y procedencias diferentes podían crecer juntas, quererse y formar una familia.

La idea era tan grande como ella. Y, como sucede a veces con los sueños enormes, también fue difícil de sostener. Mantener el castillo y criar a una familia tan numerosa supuso un enorme esfuerzo económico. Joséphine invirtió buena parte de su fortuna en aquel proyecto y terminó enfrentándose a graves dificultades financieras. Su historia familiar no fue un cuento perfecto, ni su ideal estuvo libre de contradicciones. Pero hubo en aquella decisión una convicción profunda: la de intentar vivir de acuerdo con el mundo que deseaba.

 

Una hija de Iruña, aunque solo viniera de paso

Joséphine Baker murió en 1975, después de una vida que difícilmente cabe en una sola palabra: artista, resistente, activista, madre. En 2021, Francia la incorporó simbólicamente al Panteón, uno de sus grandes lugares de memoria nacional.

Y en PLANETA PAMPLONA volvemos a aquella tarde de abril de 1930. Al Coliseo Olimpia. A los periódicos que discutían sobre ella. A quienes protestaron y a quienes aplaudieron.

Nos gusta pensar en Pamplona como una ciudad que también se construye con estas visitas inesperadas. Con las personas que llegan desde lejos y, sin proponérselo, nos obligan a mirarnos en el espejo. A preguntarnos qué nos escandaliza, a quién dejamos entrar y quién decide las normas de lo que una mujer puede hacer, vestir, bailar o ser.

Joséphine estuvo poco tiempo entre nosotros. No necesitó una casa en la plaza del castillo, una familia pamplonesa ni una placa en una fachada para formar parte de esta historia. Su nombre quedó unido a un teatro que ya no existe y a una controversia que nos habla tanto de la época como de la sociedad pamplonesa.

Y en PLANETA PAMPLONA, que creemos que una ciudad también se cuenta a través de las mujeres que la atravesaron, nos quedamos con esta idea: hay quien necesita toda una vida para dejar huella en una ciudad; otras mujeres pasan apenas un par de días y consiguen que la ciudad tenga que hacerse preguntas durante casi un siglo.

Bienvenida a casa, Joséphine. Aunque solo vinieras de visita.

Idoia Saralegui San Sebastián

Por Idoia Saralegui San Sebastián

Quienes me conocen saben que pueden definirme como escritora, social y pamplonauta. Y en este proyecto puedo aglutinarlo todo. NUNCA CAMINARÁS SOLO...

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